Por Nancy Lago

jacaranda

Como todos saben, los árboles no suelen quejarse. Sin embargo, esa noche, en la ciudad de Alberosín, un jacarandá se puso a protestar luego de que varias personas dejaran sus bolsas de residuos alrededor de él.

—Ya estoy cansado de que los humanos siempre me tiren basura. ¿Qué piensan, que soy un cesto?

—¿Y lo que me pasa a mí? —dijo el lapacho rosado que estaba a su lado— Cuando la señora de la casa de rejas azules baldea, me tira agua con detergente. Yo me pregunto, ¿los humanos también tomarán agua jabonosa?

Entonces, un ceibo se sumó a la conversación.

—Pero lo mío es peor —dijo—. Sobre mi tronco, pusieron un cartel. ¡No saben cómo me duelen los clavitos!

—Lo que nos hacen los humanos es muy injusto. ¡Nosotros les damos el oxígeno que respiran! —dijo el jacarandá.

—¡Y la sombra cuando hay mucho sol! —dijo el ceibo.

—¡Hasta les damos comida! —añadió el lapacho rosado—. ¡Tenemos que hacer algo!

—Pero, ¿qué? —preguntó el ceibo.

—Tengo una idea —dijo el jacarandá—: hagamos una huelga.

El jacarandá les propuso que sacaran las raíces del suelo y abandonaran la Alberosín. Al ceibo y el lapacho rosado les gustó la idea y, en punta de raíces, se fueron hacia el bosque. En el camino, todos los árboles de la ciudad se fueron sumando a la huelga. Ellos también estaban cansados de que los humanos los trataran mal.

Al día siguiente, la ciudad amaneció sin el canto de los pájaros. ¡Es que los árboles habían partido con sus nidos!

“¿Qué habrá pasado?”, se preguntaban los vecinos de Alberosín cuando vieron que la ciudad parecía un desierto. Buscaron por todas partes, hasta que un chico vio un mensaje que estaba escrito con hojas secas en la plaza principal:

ÁRBOLES EN HUELGA

NOS FUIMOS AL BOSQUE

Los vecinos fueron en colectivos, autos, bicicletas y monopatines hasta el bosque. Los árboles estaban allí, con las ramas cruzadas

—Tienen que volver —les dijeron los alberosinenses—. Ustedes saben que los necesitamos. No podemos vivir sin ustedes.

—Es cierto que no pueden vivir sin nosotros. Por eso tienen que cuidarnos y ustedes no lo estaban haciendo —dijo el lapacho rosado.

Las personas estaban coloradas de la vergüenza: los árboles tenían razón.

—Vamos a volver, pero si aceptan nuestras condiciones —propuso el jacarandá—. A partir de ahora, no más basura, no más contaminación y…

—¡No más cartelitos sobre nuestros troncos! —dijo el ceibo.

Todos aceptaron las condiciones de los árboles. Un ombú, que era escribano, se aseguró de que los alberosinenses firmaran el acuerdo sobre papel reciclado. Y, a los pocos minutos, árboles y personas marcharon nuevamente a la ciudad.