El 15 de marzo conmemoramos el día mundial del consumo responsable, fecha elegida para reflexionar sobre nuestros derechos y obligaciones como consumidores en un mundo que exige responsabilidad gubernamental, empresarial y ciudadana.
En el año 2015 la Organización de las Naciones Unidas aprobó la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que buscan estimular un tipo de desarrollo económico y social a favor de las necesidades locales y de la protección del ambiente.
Uno de esos objetivos (el N° 12) se focaliza en la producción y el consumo responsable, dos fuerzas importantes que estimulan la actividad económica en una región, pero entendiendo que las mismas deben apuntar a un estilo de vida sostenible, que colabore con el desarrollo regional e impulse las economías verdes sin deterioro ambiental.

Según la ONU, a este ritmo de crecimiento poblacional y con los niveles de consumo asociados, hacia el año 2050 se necesitarán tres planetas Tierra para proporcionar los recursos naturales que nuestro estilo de vida exige. Ese futuro inviable se suma a la importante diferencia que existe entre el nivel de consumo de los países más desarrollados y aquellos que se encuentran en vías de desarrollo, donde la pobreza y el deterioro ambiental muchas veces están vinculados.
La obligación estatal reside en controlar los mercados y proteger a las economías regionales, a los pequeños productores y a los vínculos comerciales que no generen abusos (tanto hacía productores como consumidores). Las políticas ambientales, muchas veces dejadas de lado por otras “urgencias”, no deben regirse únicamente por la lógica de los mercados internacionales, sino que tienen que plasmarse en proyectos que surjan desde y para las comunidades.
Como ciudadanos y ciudadanas tenemos la responsabilidad social de exigir a nuestros gobernantes medidas comprometidas con el ambiente, sumado a aquellas acciones que podemos hacer en el día a día: reducir el consumo, reutilizar los productos y reciclar aquellos materiales que lo permitan (las famosas 3 R de la Ecología). También podemos ejercer control social sobre los mercados: tenemos la posibilidad de elegir aquellos productos y marcas que sean amigables con el ambiente, que participen de cadenas de producción justas y que favorezcan el cooperativismo y el trabajo en comunidad.
Los consumidores, aunque representamos el último eslabón, no podemos mantenernos ajenos a los circuitos de producción, a las condiciones laborales asociadas, los recursos consumidos, los gastos energéticos y el impacto ambiental que generan los residuos.
Estas acciones distan mucho de ser actitudes para un solo día: deben ser parte de una filosofía de vida y una postura hacía la sociedad de consumo, hacia las inequidades sociales y la sobreexplotación de recursos. La responsabilidad, aunque debe recaer en mayor grado en quienes tienen más poder, es inherente a una ciudadanía comprometida con su presente y con el de las nuevas generaciones.

Andrea Truffa

Prof. de Biología